Tus labios son volcanes,
erupciones que me llaman sin palabras.
Susurros de lava despiertan mi piel,
El aire, entre nosotros,
arde con la música del deseo.
Cada beso es un pacto,
un juramento hecho de fuego.
Tu boca es relámpago líquido,
mi lengua, templo encendido.
El roce nos incendia,
el silencio se vuelve respiración compartida.
Tu aliento sabe a frutas prohibidas,
a vino oscuro y madrugada.
Me quema la garganta,
me hace temblar de anticipación,
como si en tu boca el mundo
volviera a nacer en llamas.
Tus dedos trazan caminos
sobre la geografía del deseo.
Mi piel —mapa en combustión—
florece donde tu tacto se detiene.
Tu lengua danza, escribe versos,
enciende sílabas sobre mi vientre,
cada palabra, un hechizo,
cada contacto, una revelación.
Nos fundimos en la penumbra.
La noche se curva a nuestro ritmo,
los gemidos son relámpagos antiguos,
el aire se carga de mirra y sudor.
El arte y la lujuria se confunden,
el universo cabe en un solo latido.
La piel es luz,
los cuerpos, sonido.
Estalla el vértice,
la tierra se abre.
El cielo, abajo, tiembla.
Después, llega la calma:
cenizas dulces,
humo de placer,
la respiración lenta
de los sobrevivientes.
Autor
© Nelly Cevallos
18 de enero 2026
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