Hammam
La sala templada respira bajo la cúpula.
Huele a eucalipto, piedra mojada, laurel.
El vapor escribe letras invisibles;
la luz hierve en mosaicos húmedos
y el agua marca el compás —gota, gota—.
Entro y ya eres temperatura en el aire.
Mi cuello —llave— aprende tu aliento,
la piel abre poros de campana,
y el mármol, tibio, me reconoce la espalda.
Deslizo el cuenco por tus hombros:
liturgia de agua que te inaugura.
Tu palma me vuelve como quien gira
un ánfora antigua;
el vapor nos corona con su niebla.
Me arrimas a la piedra caliente:
mi columna encuentra la curva exacta,
tu pecho se alinea con el mío,
y el mundo se queda fuera del domo
como una toalla en la puerta.
Nos besamos: sabe a menta negra y resina clara,
a cobre dulce de los grifos cantando.
El aire, espeso, acentúa donde tocas;
mi risa abre un claro en la niebla.
Hervor I (sube un grado):
Pasas la esponja por mi costado: nervaduras de espuma,
geografía en tu yema.
La pared suda leche de luz —condensación blanca—
y el azulejo nos devuelve el pulso en silencio.
Hervor II (sube otro):
Sube el vapor por dentro.
Mi nombre vibra en tu garganta;
el tuyo atraviesa la mía como trémolo de bruma.
La cúpula recoge nuestros ecos
y los alza en música caliente.
Hervor III (el punto justo):
La estancia asciende entre mis muslos,
tu pulso reconoce el umbral.
El mármol guarda nuestro mapa encendido,
las gotas nos beben la espalda,
y el domo baja un milímetro para escucharnos.
Arde la orilla.
Tu mano dibuja arabescos en mi vientre,
mi boca te aprende la sal del vapor;
y por la pared resbala una vena de leche de lámpara,
luz blanca que chorrea el azulejo como un secreto.
Cuando el hervor baja su grado,
queda eucalipto en la lengua,
brillo de baño turco en la piel.
Me quedo en el calor del mármol;
la niebla nos vuelve silencio.
Postludio
Me queda niebla en la boca,
piedra tibia en los omóplatos,
tu eco húmedo en la cúpula;
si cierro los ojos,
la fuente llama
y el agua vuelve a llamarnos.
Autor
© Nelly Cevallos-Liora
17 de junio al año 2026
La loba
Esta noche no traigo labios.
Traigo luna bajo la lengua,
piel erizada de sombra,
un instinto tibio prendido a los dientes.
Aúllo.
No me cabes en el cuerpo.
Te marco:
calor húmedo de mis manos,
saliva de incendio lento,
pulso animal
subiendo por los muslos.
Se abre la flor nocturna:
resina caliente,
hambre mojada de tu nombre.
Tú —tan cerca—
bosque húmedo,
madera recién partida por la tormenta.
Te araño el pecho, respiración oscura.
Mi boca aprende tu cuello:
vino, humo, relámpago.
Mis caderas: tambor de lluvia negra.
Soy loba en apogeo.
Tú, mi territorio de sombra y carne.
La luna arde baja entre nosotros.
El aire sabe a metal tibio,
a uvas robadas,
un galope retenido en el pecho.
Soy la que regresa de la noche.
Me quedó bosque en el cuerpo,
un aullido en la garganta.
Autor
© Nelly Cevallos-Liora
29 de mayo al año 2026
Vagón de medianoche
El tren se traga la ciudad.
Vidrios empañados,
luz ámbar en la lámpara,
olor a metal caliente y cuero antiguo.
Las vías hablan:
ta–dum / ta–dum.
Mi piel entiende primero.
Te sientas junto a mí.
Tu hombro roza el mío
como chispa disciplinada;
el vagón balancea lento
su compás en mi cintura.
Afuera,
la catenaria suelta fósforo.
Adentro,
mi cuello es cáliz bajo tu boca.
Tu aliento:
manzana oscura y anís.
Yo pruebo la sal del viaje
y el mundo cambia de espesor.
Me giras hacia la ventana empañada.
Dibujas un semicírculo en el vidrio
y lo completas en mi omóplato.
Mi espalda se aboveda;
tu pecho se alinea
como si el vagón reconociera nuestro peso.
La vibración del tren
sube por mis muslos
como abejas eléctricas.
Tu mano desciende por el costado
dejando meridianos de calor.
Mi risa abre un claro bajo la lámpara;
el silencio se inclina hacia nosotros.
Me besas:
cobre dulce,
ciruela de noche.
Las ruedas golpean un puente.
Campanas de hierro.
Tu lengua me recorre lenta,
seda que se resiste a caer.
El vagón se inclina en la curva.
Yo te abro la casa con los muslos
y tú entras
con la calma del que vuelve.
Ta–dum.
Ta–dum.
Ta–dum.
El vagón arde un poco más.
Mi espalda:
violín de hierro en tus manos.
El techo baja un centímetro.
Los tornillos cantan su himno mínimo.
Tu nombre me atraviesa la garganta
como hierro encendido.
El tren sigue devorando kilómetros.
Nadie sabe lo que hicimos
—salvo la lámpara
y el vidrio—.
Me quedó vagón en el cuerpo,
licor de medianoche en la piel.
Si cierro los ojos:
ta–dum / ta–dum:
Y el tren nos vuelve a pronunciar.
Autor
© Nelly Cevallos-Liora
20 de mayo al año 2026
Fuego en la lengua
Tus labios son volcanes,
erupciones que me llaman sin palabras.
Susurros de lava despiertan mi piel,
El aire, entre nosotros,
arde con la música del deseo.
Cada beso es un pacto,
un juramento hecho de fuego.
Tu boca es relámpago líquido,
mi lengua, templo encendido.
El roce nos incendia,
el silencio se vuelve respiración compartida.
Tu aliento sabe a frutas prohibidas,
a vino oscuro y madrugada.
Me quema la garganta,
me hace temblar de anticipación,
como si en tu boca el mundo
volviera a nacer en llamas.
Tus dedos trazan caminos
sobre la geografía del deseo.
Mi piel —mapa en combustión—
florece donde tu tacto se detiene.
Tu lengua danza, escribe versos,
enciende sílabas sobre mi vientre,
cada palabra, un hechizo,
cada contacto, una revelación.
Nos fundimos en la penumbra.
La noche se curva a nuestro ritmo,
los gemidos son relámpagos antiguos,
el aire se carga de mirra y sudor.
El arte y la lujuria se confunden,
el universo cabe en un solo latido.
La piel es luz,
los cuerpos, sonido.
Estalla el vértice,
la tierra se abre.
El cielo, abajo, tiembla.
Después, llega la calma:
cenizas dulces,
humo de placer,
la respiración lenta
de los sobrevivientes.
Autor
© Nelly Cevallos
18 de enero 2026
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